Es cierto que vincular CULTURA con consumo, mercado y déficit público es la antítesis a la utopía soñada donde la CULTURA sería gratuita, libre y con financiación pública.
Aquí se nos presenta de nuevo el dilema. ¿Dónde poner nuestros objetivos para defenderlos con coherencia realista?. ¿Cuál es el paradigma de la dignidad realista?.
Y choco de bruces contra una enorme contradicción, casi una paradoja; si la dignidad misma se asocia al valor por lo que haces y como mejorar hasta el infinito, ¿por qué los que hacemos artes escénicas tenemos que ser privilegiados frente a la dignidad que merecen otras facetas de la vida y que hoy sufren con crueldad la crisis económica y hasta el descrédito, como parece que ocurre con una parte de la misma actividad escénica profesional?.
A veces, cuando se me va la pinza, me retrotraigo a mi primera frase en mi primer grupo de teatro: ¡Rosquillas de Santa Clara! ¡Quién compra!. Así fue como, metafóricamente, Pachín de Melás me dio la oportunidad con El Filandón en Granda, al a limón con Elena, la directora del Grupo Trama. Allí observé el teatro por dentro y al público desde dentro. Y supe de lo inseparables que habían de ser esos roles culturales, pensé mucho en como los podía mimar, hasta desde la frustración. ¿Quien de los dos da más?, ¿quién recibe más?. También pensaba en cuanta generosidad y agradecimiento se podía generar al mismo tiempo; y si se podía vivir de eso.
El sistema, en esos años 80 de ebullición democrática, ayudó a algunos. Nos pagaban por formarnos en lo que queríamos ser. Teníamos 'hambre de conocimiento' para resolver todas las expectativas que nos abría esa actividad artística tan libre y diversa que nos fundía con el público, nos subía la adrenalina y la autoestima como nada en el mundo; ya se empezaba a gestar una adicción bellísima.
Y de nuevo chocamos con el día a día de este siglo XXI, teniendo la sensación que hemos de repetir la misma historia que los 'cómicos de la legua' , cuando por su mala reputación, algunos cómicos hubieron de estacionar sus carruajes a una legua de las murallas de las ciudades; y que el paso del tiempo y su perseverancia contribuyeron a crear una riqueza cultural inmensa y permanente.
Por eso hoy, me parece inaceptable y hasta paradójico, que figuradamente los 'nuevos cómicos de la legua del siglo XXI' sean los que más dignidad y profesionalidad quieren dar a su trabajo, esperando que su perseverancia algún día sea reconocida.
Para que no tengamos que esperar mas o menos cuatro siglos, hemos de llegar cuanto antes al punto de encuentro entre los que defendemos una evolución cultural libre como condición humana, pero conservadora de tradiciones, arriesgada desde la propia libertad que otorga el conocimiento, y diversa por su propia naturaleza.
En ese punto de encuentro, no cabe ser artista para vivir del negocio. Hay que serlo para ser mejores, para defender unos modos de hacer que transmitan sabiduría y valores a través del arte, que despierten la inteligencia y lo más primario del ser humano; o para que, quién lo reciba, pueda disfrutar de lo excepcional en un mundo plagado de tendencias, modas, o productos clonados.
Sólo hay una manera de financiar esta actividad humana y vital; con generosidad, gratitud, y honestidad. Si los más afortunados consiguen grandes rendimientos, una parte de esos rendimientos ha de revertir directamente para apoyar el esfuerzo de quienes aspiran a conseguir el mismo éxito.
La financiación de las Artes Escénicas tiene que regirse por un sistema que pondere los ingresos de taquilla, la aportación privada voluntaria e incentivada, la inversión pública directa, el apoyo de los estamentos educativos, el esfuerzo intangible e incuantificable del propio artista; y a través, de una caja única.